“NOSOTROS ESTAMOS OBLIGADOS A TRIUNFAR, Y TRIUNFAREMOS”

Posted: 2013/03/18 in internazionalismoa

‘Cuentos del arañero’,

por Hugo Chávez

 

CHAVEZ

«La muerte del presidente nos ha cogido llevando su vida a imprenta».

La casualidad, o la fatalidad, quisieron que Hugo Chávez falleciera cuando Txalaparta imprimía su autobiografía, compilada por Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso bajo el título ‘Cuentos del arañero’.

La autobiografía, que sale a la venta esta semana, muestra al niño nacido en una casita de palma y suelo de barro en Sabaneta de Barinas, al chamo que vendía arañas y al presidente que nos habla de su familia, del béisbol, de su paso por el Ejército, de la cárcel, de su amistad con Fidel, del amor a su patria…

La huella de un hombre que ha dejado la suya para la Historia.

Por cortesía de la editorial, adelantamos algunos extractos de su puño y letra.

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Han pasado 500 años, por eso la memoria histórica de nuestro pueblo para poder comprender. No es este nuestro idioma original. Lamentablemente, no he tenido tiempo de aprender algún idioma indígena, de los tantos que tenemos, una deuda que tengo. Lo único que me aprendí fue hace varios años, cuando el espíritu de la infantería, cuando cantábamos ‘La reina de las batallas’. Entonces aprendí aquello que dice: ‘Anakarinarote aunnukon itotopaparoto mantoro’, que era el grito de guerra de los indios caribe. Yo soy variná y también soy un poco quiba y yaruro de ahí, de los aborígenes de Apure, del Arauca.

Aquellos varinás fueron obligados a dejar la tierra, la siembra y la familia. Se armaron para luchar contra el invasor español. Claro que la desventaja era muy grande: la diferencia de tecnología… Esas tropas españolas vinieron armadas hasta los dientes, y los aborígenes las enfrentaron con las uñas, con flecha y arcos, con lanzas. Pero defendieron su dignidad y muchos, la mayoría, prefirieron morir como el cacique Guaicaipuro, quien dijo al pelotón español que lo rodeó, que mató a su mujer y a sus hijas, aquello de «Vengan, españoles, vengan para que vean cómo muere el último hombre libre de esta tierra».

 

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Pata en el suelo.

Al pobre campesino le meten un tiro, le matan los cochinos, le tumban el rancho, a veces le violan la hija, le golpean al muchacho y él tiene que morir callado. Ahí es cuando ocurren las cosas que han pasado en el mundo, porque la gente tiene dignidad. De repente, se obstina el campesino, agarra un machete y puede pasar cualquier cosa. Ahí es cuando ocurren los problemas, por el abuso del poder. Así que yo comprometido estoy, porque vengo de allí, yo nací pata en el suelo y con orgullo lo digo: soy campesino, pata en el suelo.

Las catacumbas del pueblo.

Recuerdo muy claramente el día que salí de prisión, el 26 de marzo de 1994. Era Semana Santa y allá, en Los Próceres, en los monolitos, una de las primeras preguntas que me hizo algún periodista fue algo así como esto: «¿Y ahora usted a dónde va?». Recuerdo haber respondido: «Me voy a las catacumbas del pueblo». Y desde entonces nos fuimos. No es que me voy, porque en verdad uno nunca anda solo, aunque a veces el desierto aprieta, el sol encandila y la arena se recalienta. Jamás uno anda solo, aunque a veces lo pareciera. Pero nos fuimos por las catacumbas del pueblo.

De ahí venimos.

Recuerdo cuando nos reuníamos medio clandestinamente. No estoy hablando de antes del 4 de febrero. Estoy hablando del año 1996 y 1997. Reunirse con Hugo Chávez era como estar a las puertas del infierno, o algo así. Para ser más claritos en la cosa, alguien que se reúna con Hugo Chávez en un apartamento en Caracas, y cuando sale tiene tres tipos ahí malencarados, con una chaqueta negra y un pistoletón asomándose, o te han «espichado» los cuatro cauchos, o te robaron el carro. A lo mejor, si el carro les gustó, se lo llevaron. O no te dicen nada, sino que te miran así refunfuñando. Y cuando tú prendes el carro y sales a las diez, once de la noche, te siguen tres motorizados hasta tu casa y te pasan muy cerca. Cuando llegas a tu casa, a los dos minutos abres la puerta, entonces una llamada telefónica, si tienes celular a tu celular, si no a tu casa, y atiende tu señora o tu hija o tu hermana o tu mamá, y es una voz extraña que te dice: «Te vamos a matar. Sé que te reuniste con Chávez. Prepárate». Guerra psicológica.

 

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Y muchas veces no solo amenazas, a veces secuestro, agarrar a alguien, meterlo en un carro, darle vueltas por Caracas ahí acostado en el piso y dejarlo en la Cota Mil; o meternos a un calabozo, allá en el Helicoide, cuando la Disip estaba en manos de, bueno, imagínense ustedes quiénes estaban ahí. Y torturas, por supuesto. No hablo de poesía, sino de cosas muy reales. Creo que Freddy Bernal estuvo preso más de veinte veces en los sótanos de la Disip, porque les daba la gana. Al coronel Dávila, actual ministro del Interior, preso, agárrelo y lléveselo. Casas allanadas. Aquellas damas, amigas de Catia, que estuvieron seis meses presas. Les sembraron unas granadas y les pusieron no sé qué cosa y detrás venían una cámara de televisión y un periodista pagados por ellos mismos, unos testigos: «Aquí está, mire, conseguimos esto», un fusil, unas granadas de mano y dos mujeres presas. «Rebelión militar». Imagínate tú, seis meses en la cárcel de Ramo Verde, de Los Teques. No son puros cuentos, cosas reales. Madres de familia; bueno, de ahí venimos.

«Comandante, ganamos».

A mí me llaman por teléfono: «Comandante, ganamos», y el pueblo en la calle. Era la orden que dimos al partido y a los aliados: «Pueblo en la calle». Incluso, un coronel amigo estaba a media cuadra con un grupo de militares armados, por si venía el golpe. Ya ellos sabían, ya teníamos un plan para movernos a un cuartel, golpe y contragolpe. Entonces, me dicen: «¡Ganamos!». Recuerdo que estábamos recibiendo a Noemí Sanín; estaba de visita aquí, pidió hablar conmigo. Ya estaba anocheciendo, cuando anuncian por televisión el primer resultado, que era irreversible. La victoria, pues. A los poquitos minutos después, llegó la Casa Militar: «Presidente electo, a la orden». «Ajá, bienvenidos, dales café». «No, no, muchas gracias. Vamos para La Viñeta, móntense aquí para La Viñeta». Se acabó mi libertad, compadre, hasta el día de hoy, hasta el sol de hoy. Y aquí vamos.

 

Homenaje póstumo al Presidente Hugo Chávez. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.

El único diablo.

Yo, en verdad, a la hora de las reuniones de presidentes, me sentía muchas veces como un solitario, hasta que empezaron a llegar compañeros. Recuerdo la primera cumbre de presidentes en la que coincidí con Fidel. Fue en el 99 y después de una intervención que hice, Fidel Castro me envió un papelito hecho a mano, diciéndome: «Chávez, siento que ya no soy el único diablo en estas cumbres». Los dos estábamos como que desentonábamos.

Golpe de estado.

Todos recordamos la tremendamente difícil etapa que pasamos, cuando el mismo Tribunal Supremo de Justicia tomó aquella decisión que sacudió al país: «Aquí no hubo golpe y el presidente no estuvo secuestrado, sino custodiado por unos militares preñados de buenas intenciones». Esa es la justicia que quieren estos. Eso sí lo aplaudieron, ¡qué cinismo! Esa noche me llamó alguien: «Métale los tanques al Tribunal Supremo, presidente, no aguante eso». «No, no le voy a meter los tanques, eso es lo que ellos quieren. Vamos a aguantar a ver quién puede más, carajo». Aquí estamos y ellos huyendo como ratas, derrotados por la historia, por su propia sombra.

Salí resucitado.

No exagero. Muchos hombres cumplieron un papel, algunos, heroicos, dieron la vida, pero las mujeres venezolanas cumplieron el papel determinante en aquellas jornadas de los días 12 y 13 de abril de 2002 de muchas maneras, en distintos espacios, pero sobre todo en la calle. Ese cerro de El Valle se vino abajo completo, el pueblo se fue hacia Fuerte Tiuna, desarmados, y al frente tenían unos tanques de guerra. Una mujer cuenta cómo un grupo de mu- jeres se para frente a uno de los tanques y empiezan a gritar: «Soldado, tú eres del pueblo», hasta que se bajaron los soldados del tanque y se lo dejaron a ellas.

 

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Génesis.

Es como aquella niña. ¡Ay!, aquí la llevo. Se llamaba Génesis. Un día, en un acto, me llegó corriendo entre el público. Creo que fue en el Poliedro. Fue y me abrazó. Ella tenía un cáncer en el cerebro. Y me dicen que no le queda sino un año de vida. ¿Qué hago yo por esta niña, Dios? Ella me regaló una bandera, allá la tengo y la tendré conmigo hasta el último día de mi vida, porque esa bandera es ella que está conmigo. Ella me dijo: «Chávez, toma mi bandera». ¡Ah! ¡Qué dolor cuando supe la realidad! Hablé con Fidel y le hicimos un plan. La mandé pa’ Cuba con la mamá. La pasearon, la hicieron pionera. «Seremos como el Che», dijo. Yo tengo hasta el video. Fue feliz hasta el último día de su vida. ¿Ve?, ¿qué más uno puede hacer? Es un angelito que anda por ahí cuidándonos. Allá está hecha bandera y aquí está hecha vida, Génesis.

Un sabio.

Fidel, que está viendo todo, cada día es más sabio. Yo le dije: «Oye, Fidel, ojalá que tú me sobrevivas, que vivas más que nosotros». Entonces, él dice: «Bueno, la probabilidad indica que a lo mejor, quién sabe». Ahora dedicado a la reflexión, al pensamiento, ya no está directamente en la calle, allá. Está pensando, escribiendo, estudiando. La sabiduría le ha crecido como la barba blanca. Yo estuve oyéndolo más de seis horas, casi sin interrumpirlo, una pregunta, un comentario. Un sabio. ¿Sabes qué me dijo Fidel? Bueno, les voy a decir esto porque es una crítica, pero él tiene razón, y yo me siento obligado a hacerla pública.

Él me lo dijo con mucho respeto: «Chávez, ¿tú me permites que te diga crudamente dos o tres cosas?». Le dije: «Tú tienes autorización para decirme lo que quieras». Y me dijo: «Dos cosas inicialmente». Y él hace notas, cada vez que yo voy para allá; Fidel hace notas, se pone a trabajar tres, cuatro días esperándome, y saca su papel. Me dijo: «Mira, una conclusión que he sacado, tú dijiste en el discurso…».

Y peló por el discurso, el discurso mío lo tenía completico, y un resumen, y analizado por su propia letra, notas y números. Me dijo: «Tú dijiste en tu discurso una frase, una cifra, que hace diez años había en Venezuela seiscientos mil estudiantes universitarios, hoy hay dos millones cuatrocientos mil». Eso es cierto, un crecimiento de cuatrocientos por ciento. Pero él tenía una lista larga de avances en educación, de salud, todo lo que hemos logrado, los avances sociales en estos diez años. Y me dijo: «He sacado una conclusión, Chávez. Ninguna Revolución que yo conozca, ni la cubana, logró tanto por su pueblo en lo social, sobre todo en tan poco tiempo como la Revolución Bolivariana». ¿Saben cuál es la segunda? Así me lo dijo: «He concluido que ustedes no quieren sacarle provecho político a estos avances sociales».

La frase suena duro, «no quieren». Uno puede pensar que es que no podemos. Es decir, transferir con la misma intensidad el beneficio social, todo lo que hemos logrado, al capital político. Entonces, la conclusión es dura: que no queremos, ¿ves? Y tiene también mucho de que algunos no saben. Hay que aprender, que la gente perciba todo lo que la Revolución ha venido transfiriéndole al pueblo, y compare con el pasado. Y algo más importante, ¿qué pasaría si la contrarrevolución vuelve al gobierno en Venezuela?

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No volverán.

Imagínense que esa gente regresara a gobernar el país, sería el caos más grande. Por eso, nunca volverán. Volverá Rintintín, volverá Supermán, volverá Tarzán y puede ser que vuelva Kalimán. Pero, esa gente, no volverá. ¡No!

Conciencia y fuego.

Yo cuento esto no solo para mis amigos, no solo para mí mismo y mis compañeros, sino también para que ustedes, yanquis, sepan bien qué es lo que hay aquí dentro: conciencia y fuego que nada ni nadie podrá apagar mientras viva. Y mientras yo viva, este fuego y esta conciencia estarán al servicio de la Revolución Bolivariana, de la liberación de Venezuela, de la independencia de Venezuela, de la grandeza de Venezuela. Ya basta, no solo de traiciones, ya basta de pactos con la oligarquía, ya basta de derrotas, compatriotas. Llegó la hora definitiva de la gran victoria que este pueblo está esperando desde hace doscientos años.

 

¡Llegó la hora!, no podemos optar entre vencer o morir. Nosotros estamos obligados a triunfar y nosotros triunfaremos.

 

 

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Utzi erantzun bat

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