ESTÁ EN NUESTRAS MANOS

Posted: 2013/01/13 in Euskal Preso eta Iheslari Politikoak

Historias con nombre propio que retratan la política penitenciaria

ETXERATLas calles de Bilbo volvieron a entrelazar cientos de historias anónimas y, al mismo tiempo, colectivas, reflejo de la dimensión diaria de la política penitenciaria.

Historias de madres que se hicieron amigas a raíz de la detención de sus hijos, de niños que han nacido en prisión o no ven a su padre más que una vez al mes, incluso de quienes han sufrido el rechazo de su propia familia pero que han encontrado una segunda en el resto de allegados.

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En primera fila, abriendo la manifestación, los ojos de María Nieves San Emeterio se emocionan ante la pregunta de qué significa una movilización como la de ayer. Está a punto de cumplir 83 años y «ya de salud no ando muy bien, pero aunque me deje la piel en el asfalto, no podía dejar de venir. ¡Que vean que la gente mayor también estamos aquí»!, proclama con energía.

Su hijo lleva 34 años deportado. Marsella, Panamá y Cuba, su particular destino tropical hace 28 años. «Yo he ido muchas veces, pero ya llevo tres años sin verlo porque el viaje es muy largo y a mi edad… Mi hijo tenía 20 años cuando se fue casa y ahora es un señor de 53. Aunque estén tan lejos, los deportados nunca se olvidan de su pueblo. Su cabeza y corazón están aquí».

«Movilizaciones como esta son una inyección de optimismo», añade. Al acabar, «mi hijo menor le mandará un e-mail contándole cómo ha ido».

Varias filas atrás, Miren Iturrate camina junto a su hija de 13 años. Su compañero, Joseba Artola, lleva cumplidos ya 27 años en prisión. Actualmente está en Daroca, pero durante estas casi tres décadas ha pasado por Valladolid, Mansilla de las Mulas, Alcalá Meco, Burgos, Puerto de Santa María…

En febrero del pasado año recibieron la notificación de que saldría en libertad el 18 de mayo. «Ya habíamos acondicionado la casa para cuando viniera, y habíamos organizado el recibimiento cuando en marzo recibimos una carta de la Audiencia Nacional diciéndonos que le habían aplicado la `doctrina Parot’», recuerda. Aquello fue «un duro golpe». Pero, no el único. Años atrás, en 1988, no le dieron permiso para despedirse, «para dar a ese último abrazo a su madre enferma de cáncer». Tampoco le dejaron asistir a su funeral. De los diez años que pasó en Puerto de Santa María, en Cádiz, cinco estuvo sin derecho a vis a vis, «cinco años sin un abrazo, sin un beso». En junio, a su hija le retiraron el vis a vis de convivencia por haber cumplido 12 años, por lo que desde entonces solo ve a su padre una vez al mes, en el amiliar.

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ETXERA

Ana Sarobe, Marisa del Barrio y Gotzone Ijurko se hicieron amigas a raíz de la detención de sus hijos, Mikel Karrera, Arkaitz Agirregabiria y Maite Aranalde, respectivamente. Ayer compartieron fila -cinco en total- junto al resto de familiares.

Para ver a su hermano, José Ramón Arkauz recorre 1.600 kilómetros. Josu Arkauz, que lleva 22 años entre rejas, está encarcelado actualmente en Murcia II. «Las visitas a través de los cristales son los sábados a las 19.30 y los domingos a las 18.20. Cuando vamos los domingos, salimos de madrugada y hacemos la vuelta de noche en coche, porque el lunes hay que ir a trabajar. Pero, bueno, ¡para eso ponen esos horarios! Una vez al mes, aprovechamos la furgoneta de familiares. Muchas veces, después de ir hasta ahí, nos han denegado la visita por cosas absurdas».

Junto a él camina Juan Mari San Pedro, también de Arrasate. Su hijo, Premín San Pedro, encarcelado en Granada, no ha dejado de preguntarle esta semana por esta manifestación y por el ambiente en el pueblo con que se preparaba en el pueblo.

Para Leonor Palacios, la marcha de ayer tiene una connotación especial. Es la primera a la que acude con su hijo, Oscar Abad, en libertad tras 21 años, en los que ha pasado por una docena de cárceles -Cartagena, Jaén, Huelva…-. Confiesa que aún no se lo cree. «En los primeros días, comiendo me dí cuenta de que limpiaba los cubiertos con las servilletas. `Pero, hijo, ¿qué haces?, estás en casa’, le decía. Hay veces que al despertarle, pega un bote en la cama», comenta.

FAMILIA

En esos 21 años le han denegado, como a la mayoría de familiares de presos vascos, visitas en el último momento. Ha visto cómo se llevaban a su hijo en una furgoneta para trasladarlo a otro destino justo cuando llegaban ella a la prisión. O, tras recorrer miles de kilómetros, solo han tenido cinco minutos de visita, cinco. Pese a que su hijo ya no está preso, «tengo que estar aquí con mis compañeras», dice. Una de ellas es Eugenia del Fresno. A su hijo, Kepa Márquez, lo arrestaron hace 21 años. Eugenia ha encontrado en el resto de allegados esa «familia -por parte de su difunto marido-», que le dio la espalda y que «en 21 años ni siquiera me han preguntado una vez por él».

José Luis Elkoro no pudo acudir porque está recluido en su casa de Bergara, en cuya entrada un dispositivo con dos luces registra cada uno de sus movimientos además de la pulsera que lleva en el tobillo. Pero sí estuvo su esposa, Mari Carmen Ayasti. «En realidad, hemos venido todos, se ha tenido que quedar solo», comenta.

La prisión atenuada que le fue aplicada por padecer cáncer solo le permite pasear por su localidad entre las 8.00 y las 13.00. «Hasta para las revisiones médicas, que son en Bilbo, tiene que pedir permiso y juego un justificante al médico», indica.

Cada uno de los familiares entrevistados por GARA coincide en la necesidad de trasladar el apoyo recibido ayer en Bilbo a los días, semanas y meses siguientes, y de convertir este «balón de oxígeno» en una dinámica diaria, «pueblo a pueblo. Porque si nosotros, los familiares no nos movemos, los gobiernos no lo harán. Somos conscientes de que no será fácil, pero está en nuestras manos».

 

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